jueves, 3 de abril de 2014

La profecía de las setenta semanas

La profecía de
las setenta semanas
por Diac Gonzalez

Para tener mayor claridad en este tema de la semana setenta, es necesario ahondar un poco más allá de lo que comúnmente se ha explicado hasta ahora de estas setenta semanas(1), y se ha hecho una mala interpretación de ellas, pero específicamente de la semana setenta. Los dispensacionalistas inventaron la gran mentira del “paréntesis”, y más del 90% de los cristianos se han creído esto, y así lo predican enredando cada día a más personas que lamentablemente no se han preocupado por investigar concienzudamente lo que se le enseña. A continuación un comentario de Hank Hanegraaff, quien rebate y desarma esta gran mentira del paréntesis:

Además, así como no existe una posposición dispensacional en el plan de Dios, tampoco existe un paréntesis en los propósitos de Dios. El pretexto de un paréntesis durante el cual hay una posposición de los planes de Dios para Israel y el comienzo de un plan para la Iglesia es el producto de una lectura extraña de la profecía. El enfoque principal del dogma se encuentra en Daniel. Tal como lo explica LaHaye: «Es imposible comprender la profecía de la Biblia sin comprender el libro de Daniel. Mucha de la información de los asuntos clave y de la secuencia del tiempo de los últimos días se da en Daniel». Una nota particular son las «setenta semanas» de Daniel (Daniel 9.24-27). Para ampliar su perspectiva de los «asuntos clave» y de la «secuencia de tiempo», LaHaye crea un número de presuposiciones en las setenta semanas de Daniel. Primero, infiere que existe una brecha de 2.000 años entre la semana número 69 y la número 70 de Daniel. Es más, él agrega un «período de paréntesis» de 2.000 años en esa brecha a la que llama «el período de la Iglesia». Finalmente, supone que «la Iglesia era un misterio oculto en el Antiguo Testamento (Romanos 16.25-26; Efesios 3.2-10; Colosenses 1.25-27)» Y que «Israel, no la Iglesia, cumplirá su destino nacional como una entidad separada después del rapto y la Tribulación y durante el milenio». Debería ser evidente que esta invención no es producto de una iluminación fiel del texto, sino el resultado de una imaginación fértil [pero con resultados estériles]. La idea misma de que los profetas del Antiguo Testamento no vieron «el valle de la Iglesia», la cual «no existía antes de su nacimiento en Pentecostés» y que «tendrá un final abrupto en el rapto», es completamente falsa. Los profetas del Antiguo Testamento no sólo vieron «el valle de la Iglesia», ellos lo anunciaron. Pedro, hablando después del nacimiento de la Iglesia en Pentecostés, lo dijo de la manera más sencilla: «En efecto, a partir de Samuel todos los profetas han anunciado estos días» (Hechos 3.24).Lo que los profetas no vieron ni anunciaron es la idea de que la Iglesia del Nuevo Testamento que nacía en Pentecostés tendría un «final abrupto en el rapto». En otras palabras, la idea de que la Iglesia es un paréntesis en el plan de Dios no tiene fundamento bíblico” (Hank Hanegraaff, El Código del Apocalipsis, págs. 53, 54)

El sistema de semanas de años

Para resolver el tiempo expresado en semanas en la profecía de Daniel, nos basaremos en el sistema de semanas de años expresado en las mismas Escrituras, de manera que interpretamos que una semana que contiene siete días da como resultado siete años.

1 semana → 7 días = 7 años

“Y contarás siete semanas de años, siete veces siete años,
de modo que los días
de las siete semanas de años
vendrán a serte
cuarenta y nueve años.”
(Lv 25:8)
7 semanas → 49 días = 49 años

Se agregan dos citas bíblicas más para complementar y reforzar el sistema de días por años expresado aquí:

Conforme al número de los días, de los cuarenta días en que reconocisteis la tierra, llevaréis vuestras iniquidades cuarenta años, un año por cada día; y conoceréis mi castigo
(Nm 14:34)
40 días = 40 años

Y tú te acostarás sobre tu lado izquierdo y pondrás sobre él la maldad de la casa de Israel. El número de los días que duermas sobre él, llevarás sobre ti la maldad de ellos. Yo te he dado los años de su maldad por el número de los días, trescientos noventa días; y así llevarás tú la maldad de la casa de Israel. Cumplidos éstos, te acostarás sobre tu lado derecho segunda vez, y llevarás la maldad de la casa de Judá cuarenta días; día por año, día por año te lo he dado. 
(Ez 4:4-6)
Israel: 390 días = 390 años
Judá: 40 días = 40 años

Aplicando al texto el sistema de semanas de años, y las otras explicaciones, se ve con muchísima claridad y se entiende lo que expresa esta magnifica profecía:

“24 Setenta [70] semanas [de años = 490 años] están determinadas sobre tu pueblo [Israel] y sobre tu santa ciudad [Jerusalén], para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos. 25 Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe [Jesucristo], habrá siete semanas [49 años], y sesenta y dos semanas [434 años]; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos. 26 Y después de las sesenta y dos semanas [en la semana setenta (70)] se quitará la vida al Mesías [Jesús], mas no por sí; y el pueblo [Roma] de un príncipe [Tito, hijo del Cesar Vespasiano] que ha de venir destruirá la ciudad [Jerusalén] y el santuario [el templo de Herodes]; y su fin [el de Jerusalén] será con inundación, y hasta el fin de la guerra [de los judíos] durarán las devastaciones. 27 Y por otra semana [siete (7) años] [son ya setenta (70)] [el Mesías] confirmará el [Nuevo] pacto con muchos [judíos convertidos]; a la mitad de la semana [setenta] [el Mesías con su sacrificio expiatorio] hará cesar el sacrificio y la ofrenda [ceremonial]. Después [en esa misma generación] con la muchedumbre de las abominaciones [de los judíos] vendrá el desolador [abominación desoladora], hasta que venga la consumación [del siglo judaico], y lo que está determinado se derrame sobre el desolador [la nación judía].”
(Dn 9:24-27)

Para ver con más claridad esta profecía, coloco solo una versión más de la misma cita bíblica, de entre otras que aclaran este tema:

“24 Se han fijado setenta semanas de años para tu pueblo y para tu santa ciudad, al fin de las cuales se acabará la prevaricación, y tendrá fin el pecado, y la iniquidad quedará borrada, y vendrá la justicia o santidad perdurable, y se cumplirá la visión y la profecía, y será ungido el Santo de los santos. 25 Sábete, pues, y nota atentamente: Desde que salga la orden o edicto para que sea reedificada Jerusalén, hasta el Mesías príncipe, pasarán siete semanas, y sesenta y dos semanas; y será nuevamente edificada la plaza, o ciudad, y los muros en tiempos de angustia. 26 Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías; y no será más suyo el pueblo, el cual le negará. Y un pueblo con su caudillo vendrá, y destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será la devastación, y acabada la guerra quedará establecida allí la desolación. 27 Y el Mesías afirmará su nueva alianza en una semana con muchos fieles convertidos; y a la mitad de esta semana cesarán las hostias y los sacrificios; y estará en el tiempo la abominación de la desolación; y durará la desolación hasta la consumación y el fin del mundo.” (Torres Amat)

El Mesías-Rey nació en el año 4 a.C., en el transcurso de la semana sesenta y cinco (65) de Daniel, y se manifestó a Israel justo entre el principio de la semana setenta (70), y el final de la semana sesenta y nueve (69) como lo indica la profecía:

Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas: [sesenta y nueve semanas].

El ministerio del Mesías-Rey, que por cierto fue solo para Israel como lo dijo él mismo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt 15:24), duró exactamente media semana de años (tres años y medio o cuarenta y dos meses), ya que Daniel dice que “después de las sesenta y dos semanas [en la semana setenta] se quitará la vida al Mesías”. Además de eso, más adelante dice que justo a la mitad de la semana setenta el mismo Mesías haría cesar el sacrificio y la ofrenda: “a la mitad de la semana, hará cesar el sacrificio y la ofrenda”. Con su sacrificio expiatorio en la cruz, el Mesías-Rey suprimió el sacrificio y la ofrenda ceremonial: pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios (Heb 10:12)

La semana setenta (70) está manchada de sangre justa ya que está enmarcada dentro de tres abominables martirios:

Semana 70
Año
Martirio
Inicio
27 d.C.
Decapitación de Juan el Bautista (El ultimo profeta de la ley y precursor del Mesías-Rey)
Mitad
31 d.C.
Crucifixión de Jesús, el Mesías-Rey
Fin
34 d.C.
Lapidación de Esteban (El primer martir de la gracia)

"Respecto al clima político del período que vivió Jesús hay división de opiniones entre los estudiosos. Unos piensan que el primer tercio del siglo primero fue un período de paz y calma en la región palestina, otros creen que había una gran tensión que se manifestaba de forma violenta en algunas ocasiones. Flavio Josefo pinta un panorama de resistencia y sublevación larvada entre los años 4 a.C. y 60 d.C., que ejemplifica con el episodio de la rebelión en Galilea con motivo del censo de Quirino en 6 d.C., instigada por un tal Judas procedente de Gaulanítide (Antigüedades judías 18.4-6)". (José Ochoa, Atlas histórico de la Biblia. Nuevo Testamento, Madrid 2004. Cap 6. Pag 43)

"En los ocho siglos que precedieron al nacimiento de Cristo la región Palestina y el pueblo hebreo que la habitaba estuvo sometida a sucesivos dominios extranjeros. Los asirios habían acabado con el reino de Israel, en el norte de la región, en el año 721 a.C. y los babilonios en 587 a.C. habían tomado Jerusalén y destruido el reino de Judá. Les siguieron persas, griegos y romanos, que se habían ido dando el relevo del control sobre una tierra de paso entre Egipto y Anatolia, entre el extremo oriental del mediterráneo y Mesopotamia. Desde entonces hasta el año 167 a.C., con el levantamiento de los macabeos, no se había producido una reacción bélica. A partir de ese momento el judaísmo reacciona a los cambios sociales y políticos, que se manifestarán especialmente bajo dominio romano, que son interpretados en clave religiosa. Y no podía ser de otra forma, dado que la propia presencia romana tenía unidas la religión, la política y la economía. Las monedas que se usaban en Palestina en el siglo I son la mejor muestra de ello: a Julio César se le representaba como un espíritu que asciende al cielo para ocupar su lugar junto a los dioses; de Augusto decían las leyendas que era divi filius (hijo de Dios, porque lo había adoptado César, porque en la Eneida aparece como descendiente de Eneas, hijo de un hombre y la diosa Afrodita), y las monedas de Tiberio decían de él que era pontifex maximus, gran sacerdote. El salario de un judío era pagado con la moneda de unos dioses paganos que imponían su voluntad en la tierra que le había dado el único Dios. Desde la acción armada hasta la no-violencia, pasando por los movimientos apocalípticos, en el siglo I d.C. se viven en Palestina múltiples formas de resistencia al poder extranjero, que constituyen el contexto en el que vivieron los contemporáneos de Jesús y sus inmediatos seguidores." (José Ochoa, Atlas histórico de la Biblia. Nuevo Testamento, Madrid 2004. Cap 7. Pag 51)

"Los estratos de las excavaciones en Tierra Santa. La historia que narra el Nuevo Testamento está enterrada bajo capas y capas de restos y escombros que el arqueólogo llama estratos y que tiene que ir levantando cuidadosamente para acercarse cada vez más a la capa correspondiente a la época de las grandes construcciones de Herodes y a la Jerusalén que vio Jesús. Por debajo hay también otras capas que se remontan en algunos casos a la prehistoria, pero la que más nos puede interesar es el estrato del período tardohelenístico, porque con él pueden confundirse a veces los restos de la época de la que se ocupa este atlas. Por debajo de las capas más modernas están los estratos medievales del dominio musulmán y de la época de los cruzados. Una vez retirados estos niveles (cuando existen) en un yacimiento o en una ciudad hay que ir descendiendo por los siguientes estratos: Período bizantino: desde la conversión de Constantino Palestina es considerada Tierra Santa por el Imperio Romano cristianizado que actuará sistemáticamente con fondos imperiales para transformar los lugares santos en destino de peregrinos. Allí se construyen iglesias, santuarios y monasterios, con las que rivalizan las sinagogas que en pugna artística construyen los judíos de Galilea. Sin embargo, la cultura material asociada a este monumental estrato es cada vez de menor calidad, con cerámica poco fina y mal cocida. Período romano medio y tardío: después de las guerras judías contra los emperadores Vespasiano y Adriano, que se tradujeron en expulsión de los judíos de Jerusalén y Judea, se produjo una migración hacia Galilea y una proliferación de sinagogas que venían a reemplazar en alguna medida la pérdida del Templo de Jerusalén en 70. El control directo de los romanos sobre el territorio supuso una mayor urbanización que permitía una mejor recaudación de impuestos y favorecía el comercio. Período romano temprano: la Palestina que vivió Jesús fue la de las grandes construcciones de Herodes el Grande y las que su hijo Antipas llevó a cabo sobre todo en Galilea, que incluyeron fundaciones de ciudades. Este período, que se conoce en la zona como “herodiano”, se corresponde con un estrato arqueológico rico en objetos de lujo y de cerámica bien cocida, con la presencia de testigos del modo de vida judío y grandes edificios públicos. Sin embargo, este estrato acaba en muchos casos en destrucción, por causa de las revueltas que cerraron el período. Período helenístico tardío: debajo tenemos el estrato de asentamientos judíos de época “asmonea”, los monarcas descendientes de los Macabeos, que repoblaron la región de Galilea, utilizando viejos asentamientos o recurriendo a la nueva fundación. Además de pueblos, los asmoneos construyeron fuertes que les permitieran mantener el control de su territorio." (José Ochoa, Atlas histórico de la Biblia. Nuevo Testamento, Madrid 2004. Cap 5. Pag 32)




(1) Setenta Semanas. Período de tiempo profético referido en Daniel 9:24-27, durante el cual se reedificaría Jerusalén, aparecería el Mesías y luego sería cortado; después de este período, tanto la ciudad como el lugar santo serían desolados…. Está claro que esta profecía es una “joya” para la identificación del Mesías…. La mayoría de los eruditos bíblicos concuerdan en que las “semanas” de la profecía son semanas de años. Algunas traducciones dicen “setenta semanas de años” (BR; EMN, nota; PIB, nota; TA); la Tanakh, una traducción inglesa de la Biblia publicada en 1985 por la Jewish Publication Society también da esta opción en una nota al pie de la página…. En cuanto a las siete primeras “semanas” (cuarenta y nueve años), Nehemías, con la ayuda de Esdras, y después otros que posiblemente les sucedieron, trabajaron “en los aprietos de los tiempos”, con dificultades internas —entre los mismos judíos— y externas —procedentes de los samaritanos y de otras gentes—. (Dn 9:25.)…. La obra debió quedar prácticamente terminada en cuarenta y nueve años (siete semanas de años), y Jerusalén y su templo permanecieron hasta que llegó el Mesías. En cuanto a las siguientes sesenta y dos “semanas” (Dn 9:25), estas, como parte de las setenta y mencionadas en segundo lugar, continuarían a partir de la conclusión de las “siete semanas”. Por lo tanto, el tiempo que pasó “desde la salida de la palabra” para reconstruir Jerusalén hasta “Mesías el Caudillo” fue de siete más sesenta y dos “semanas”, es decir, sesenta y nueve “semanas” (cuatrocientos ochenta y tres años)…. Jesús fue bautizado en agua, fue ungido con espíritu santo y empezó su ministerio como “Mesías el Caudillo”. (Lc 3:1, 2, 21, 22.) De modo que, con siglos de antelación, la profecía de Daniel señaló con precisión el año exacto de la llegada del Mesías. Los judíos quizás lo habían calculado basándose en la profecía de Daniel, de modo que estaban pendientes de la venida del Mesías. La Biblia informa que “el pueblo [estaba] en expectación, y todos razonando en sus corazones acerca de Juan: ‘¿Acaso será él el Cristo?’”. (Lc 3:15.) Aunque esperaban al Mesías, no podían determinar con exactitud ni el día, ni la semana, ni el mes de su llegada. Por ello se preguntaban si Juan era el Cristo. “Cortado” a la mitad de la semana. A continuación Gabriel le dijo a Daniel: “Después de las sesenta y dos semanas Mesías será cortado, con nada para sí”. (Dn 9:26.) Algún tiempo después del final de las ‘siete más sesenta y dos semanas’, en realidad, unos tres años y medio después, Cristo fue cortado al morir en un madero de tormento, entregando todo lo que tenía como un rescate para la humanidad. (Is 53:8.) Los hechos indican que Jesús empleó la primera mitad de la “semana” en efectuar su ministerio. En una ocasión…. dio una ilustración en la que al parecer comparaba la nación judía a una higuera (compárese con Mt 17:15-20; 21:18, 19, 43) que no había producido fruto por “tres años”. El viñador le dijo al amo de la viña: “Amo, déjala también este año, hasta que cave alrededor de ella y le eche estiércol; y si entonces produce fruto en el futuro, bien está; pero si no, la cortarás”. (Lc 13:6-9.) Puede que aquí se haya referido al período de tiempo de su propio ministerio a aquella nación insensible, ministerio que hasta ese punto había durado unos tres años y que tenía que continuar durante parte de un cuarto año. El pacto en vigor “por una semana”. Daniel 9:27 dice: “Y él tiene que mantener el pacto en vigor para los muchos por una semana [o siete años]; y a la mitad de la semana hará que cesen el sacrificio y la ofrenda de dádiva”…. Por medio de Cristo, Dios extendió las bendiciones del pacto abrahámico a la prole natural de Abrahán, lo que excluyó a los gentiles hasta que estos recibieron el evangelio gracias a la predicación de Pedro a Cornelio, de nacionalidad italiana. (Hch 3:25, 26; 10:1-48.) La conversión de Cornelio y su casa ocurrió después de la conversión de Saulo de Tarso, la cual por lo general se cree que tuvo lugar alrededor del año 34 d.C.; después de esto la congregación disfrutó de un período de paz y edificación. (Hch 9:1-16, 31.) De modo que, al parecer, Cornelio entró en la congregación cristiana alrededor del otoño del año 36 d.C., el final de la septuagésima “semana”, cuatrocientos noventa años después. Se ‘hacen cesar’ el sacrificio y la ofrenda. La expresión ‘hacer que cesen’, usada con referencia al sacrificio y la ofrenda de dádiva, significa literalmente “hacer o causar que se sabatice, descanse o desista de trabajar”. El “sacrificio y la ofrenda de dádiva” que se ‘hicieron cesar’, según Daniel 9:27, no podrían ser el sacrificio de rescate de Jesús ni ningún sacrificio espiritual de sus seguidores. Tienen que referirse a los sacrificios y las ofrendas de dádiva que ofrecían los judíos en el templo de Jerusalén de acuerdo con la ley de Moisés. La “mitad de la semana” sería a la mitad de los siete años, o después de tres años y medio de haber empezado esa “semana” de años.… El apóstol Pablo nos dice que Jesús ‘vino para hacer la voluntad de Dios’, que era ‘eliminar lo primero [los sacrificios y las ofrendas según la Ley] para establecer lo segundo’. Hizo esto al ofrecer como sacrificio su propio cuerpo. (Heb 10:1-10.) Aunque los sacerdotes judíos continuaron ofreciendo sacrificios en el templo de Jerusalén hasta su destrucción en el año 70 d.C., los sacrificios por el pecado cesaron en lo que respecta a tener aceptación y validez para Dios. Jesús dijo a Jerusalén justo antes de morir: “Su casa se les deja abandonada a ustedes”. (Mt 23:38.) Cristo “ofreció un solo sacrificio por los pecados perpetuamente [...]. Porque por una sola ofrenda de sacrificio él ha perfeccionado perpetuamente a los que están siendo santificados”. “Ahora bien, donde hay perdón de estos [de pecados y actos desaforados], ya no hay ofrenda por el pecado.” (Heb 10:12-14, 18). El apóstol Pablo explica que la profecía de Jeremías hablaba de un nuevo pacto, por lo que el anterior (el pacto de la Ley) había quedado anticuado y estaba “próximo a desvanecerse” (Heb 8:7-13). Desolaciones para la ciudad y el lugar santo. Después de las setenta “semanas”, como resultado directo de que los judíos rechazaran a Cristo durante la septuagésima “semana”, se cumplieron los acontecimientos de las últimas partes de Daniel 9:26 y 27. La historia registra que Tito, el hijo del emperador Vespasiano de Roma, fue el caudillo de las fuerzas romanas que atacaron Jerusalén. Estos ejércitos en realidad entraron en Jerusalén y en el templo mismo como una inundación, y desolaron la ciudad y su templo. El que los ejércitos paganos se estacionaran en el lugar santo los convirtió en una “cosa repugnante”. (Mt 24:15.) Todos los intentos por impedir que Jerusalén llegara a su fin fracasaron, pues Dios había decretado: “Lo que está decidido es desolaciones”, y “hasta un exterminio, la misma cosa que se ha decidido irá derramándose también sobre el que yace desolado”. DPCE